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La dignidad de la silla.
Sentarte después de haber caminado mejor o peor, pero erguida, no resulta nada fácil.
Pasar de andar a rodar es muy duro, y algunas nos resistimos hasta el final.
Y no es duro porque no sea más cómodo.
En absoluto. A muchas rodar nos permite ir a lugares que ni soñábamos antes.
Rodar nos da alas.
Y sin embargo se vuelve tortura por todas las barreras e inconvenientes que te encuentras día a día.
Incluso las miradas de los demás son más lastimeras cuando te ven rodar que andar,
aunque cuando una sufre de verdad sea caminando.
Es como si la silla llevara incorporada un mecanismo que te roba la dignidad.
Se te niegan mil derechos al sentarte.
Ir por la calle se convierte en una carrera de obstáculos en la que constantemente tu vida peligra, y no es una exageración, desgraciadamente, ya son unos cuantos muertos que lo atestiguan.
Al sentarte, es imposible entrar a muchos lugares, públicos y privados.
Si consigues hacerlo, puede que tu destino sea una esquina “reservada” ,
ni siquiera puedes elegir el sitio en el que colocarte.
De mear y cagar, mejor ni hablamos.
Y si todo no es suficiente, al topar con la falta de conciencia y las respuestas crueles
la poca dignidad que te quedaba se desparrama ante el sinsentido de quienes se creen a salvo de estar ahí sentados.
Un poquito más de amor, por favor.
Maria Gómez Camionero
La dignidad de la silla.